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Buscando el sentido

¿En qué pienso cuando hablo de liberalismo? ¿Qué tiene de diferente? ¿Cómo llegué a esas ideas? ¿De verdad son atractivas?


Por: Jesús Sifontes C



En muchos lugares del planeta se cuestionan las instituciones y se cuestionan las ideas de las que estas surgieron. Se cuestiona a los gobiernos por su incapacidad y por su corrupción desvergonzada. Se cuestiona la democracia y su modelo representativo. Se cuestiona nuestra propia convivencia.


Siendo realista, reconozco que como adulto joven me pesa mi país y también el mundo de hoy, pero una cosa tengo clara, por optimista o por ingenuo o quizá por ambas: mi país y el mundo estarán mejor. Claro que no hay nada que me garantice eso, únicamente el estar vivo y vivir en libertad (está difícil en Venezuela). Soy optimista pero no por fe ni por creer en un destino del que seríamos simples espectadores, se trata de lo que podemos hacer con nuestras ideas y con nuestras manos. Lo que puedo hacer yo y lo que puedes hacer tú. Para ello, para desplegar todo nuestro potencial y energías creadoras, únicamente necesitamos estar vivos y vivir en libertad.


En esto no descubro el agua tibia porque el deseo de ser libres no es precisamente una novedad. Nos ha permitido alcanzar, desde que existimos como especie hasta la actualidad, destinos que eran imposibles hasta el momento en el que dejaron de serlo, manteniéndonos enfocados en el objetivo final: la felicidad. Dado lo anterior, me parece razonable pensar que hay liberales, o sea, promotores de la libertad, incluso desde antes que existiese el liberalismo como doctrina o incluso si jamás hubiese existido.


Aclaro de antemano que el tono de estas líneas no es en absoluto impersonal y tampoco pretende ser un escrito profundo, por el contrario, lo que expongo aquí no es más que mi propia perspectiva forjada tras la observación y lo poco que he podido aprender con el estudio, a riesgo de que quien me lea pueda tener una visión diferente, válida por lo demás.

Empiezo por el principio: ¿Cómo llegué a las ideas de la libertad? Creo que nunca fue una decisión consciente. Dice Ortega y Gasset que lo que somos no es solo el producto de nuestra voluntad sino también de nuestras circunstancias: “yo soy yo y mi circunstancia”, afirma. Yo soy yo y mi realidad, no puedo separarme de ella. Y agrega, “si no la salvo a ella no me salvo yo” (Meditaciones del Quijote, 1914). Entonces, somos hijos de una época y nuestro carácter también se forja con ella. Mi circunstancia es la Venezuela que todavía no entra al siglo XXI, dominada por un régimen autoritario no competitivo que ha acabado con el país hundiéndolo en la miseria y la oscuridad (literalmente) y provocando el éxodo migratorio más grande del que se tenga registro en un país sin guerra. Nada más y nada menos.


Esta indecible calamidad ha marcado para siempre la vida de todos los venezolanos, especialmente de quienes nacimos y crecimos viendo a las mismas personas ocupando Miraflores. Hemos crecido sin libertad, sin ningún respeto por nuestros derechos humanos más básicos, sin la más mínima alternabilidad en el ejercicio del poder político, negándonos todo lo que hace a la democracia el sistema más perfectible que existe.


Esa es mi circunstancia. No profundizaré más porque ya la conocemos y porque no es la intención de esta publicación.


Ahora bien, también es importante asumir que no todo lo que somos es simplemente reflejo de nuestra época pues mucho de ello nace con nosotros o lo desarrollamos con el estudio, con nuestro esfuerzo y nuestro trabajo y es afianzado o rebatido después por la naturaleza de nuestro tiempo y sus circunstancias. Finalmente depende, como ya comenté antes, de ti y de mi. En este sentido, creo que mi inclinación por las ideas de la libertad, aunque no las llamara de esa forma hasta ahora, nació conmigo naturalmente, como dice Locke, o por lo menos desde que pude tener noción sobre lo público.


Claro que no siempre creí que mis ideas fueran "auténticamente liberales", al fin de cuentas es muy común presenciar las intensas discusiones en la familia liberal para determinar quién es el que más. Sin embargo, el liberalismo tiene algunos elementos, entre muchos que pudiera destacar, que lo hacen más atractivo y, sobre todo, más cercano a lo que soy o aspiro ser. Aquí conversaremos sobre algunos de ellos.


El primero de estos elementos distintivos es que el liberalismo no es una ideología. O mejor dicho, lo es en sentido estricto pero, a diferencia de otras, carece de ideales absolutos e inmutables que se compactan en una verdad igualmente absoluta, impulsada por una fe inmune a la duda e intolerante a la crítica, capaz de responderlo todo, en todo momento y todo lugar para que finalmente alcance su destino predicho: el mundo feliz que tanto ambicionan. ¿Les suena esto? Todas las ideologías siguen esa lógica.


Es verdad que el liberalismo posee una escala de valores en cuya cúspide se encuentra la libertad. Sin embargo, dentro de ella hay un espacio enorme que cada persona puede resignificar desplegando todo su potencial creativo. Lejos de ser una filosofía maximalista defiende más bien una acotada lista de mínimos para dejar todo lo demás, que es mucho, en la esfera de decisión del individuo. Fijémonos, por ejemplo, en la concepción desarrollada por John Stuart Mill en su trabajo Sobre la libertad (1859) que se centra en el individuo reconociendo que "para aquello que no le atañe más que a él, su independencia es, de hecho, absoluta" y cierra con esta frase que resume magistralmente todo de lo que se trata la libertad: "sobre sí mismo, sobre su cuerpo y sobre su espíritu (y su mente), el individuo es soberano". No puede describirse mejor.


Siguiendo a Mil, podemos preguntarnos entonces ¿Qué es eso que atañe al individuo? E inmediatamente podemos contestar un montón de cosas: su pensamiento, su opinión, sus ideas, sus aspiraciones, el fruto de su trabajo, su forma de relacionarse sexual y afectivamente con otros, la forma en la que expresa quién es y lo que le apasiona, el género con el que se siente a gusto, su forma de vestir, si decide votar o no hacerlo, por quién votar o por quien no, si aspira ser empleado o tener su propio negocio, si prefiere consumir alguna droga o si elige no hacerlo, si quiere ser oficinista o dedicarse a la prostitución, tener una idea particular sobre el éxito y cómo alcanzarlo, procurar su propia felicidad, etcétera.


“Sobre sí mismo, sobre su cuerpo y sobre su mente el individuo es soberano” (Sobre la libertad, John Stuart Mill)

Las respuestas pueden ser infinitas y todas son válidas en la medida en que no dependan de un mandato previamente definido por un tercero, sea otro individuo o el Estado, sino de lo que cada quien decide de manera autónoma y responsable. Por esto el liberalismo no solamente asume la diversidad y la pluralidad como necesarias, además las promueve e incentiva. Hay un límite, sin embargo, y lo vemos ahora con mucha más claridad cuando se intenta vestir de liberal a proyectos francamente liberticidas, pero esa es una cuestión en la que no me detendré ahora.


Otro elemento que quisiera destacar sería la inexistencia de un ideal humano deseable y definitivo, en abierto contraste con el ideal del hombre ario para los nazis, el hombre nuevo de los comunistas, el hombre nuevo revolucionario del socialismo del siglo XXI, el hombre de bien de los neoconservadores, el hombre sacrificado por la nación-patria del fascismo, todas versiones de un ser humano divinizado -¡vaya contradicción!- que imagina cada religión política. Todos estos son prototipos a los que se les ha asignado unos fines, impuestos a través del Estado para lograr los objetivos del Estado.


En oposición a esto, la doctrina de la libertad no imagina cómo deben ser las personas, no propone un camino a seguir, no plantea unos determinados fines, sino que valora al ser humano con sus luces y con sus sombras, con su bondad y su maldad, con sus alegrías y sus tristezas, con su imperfección, con sus contradicciones, entendiendo que no es posible ni deseable erradicar lo negativo que hay en cada uno (aunque sí puede contenerse a través de las instituciones y el estado de derecho en un régimen democrático) pero sí es posible incentivar lo positivo: el intercambio voluntario, la tolerancia, el respeto a los derechos del otro o la resolución pacífica de los conflictos, por ejemplo.


Esta concepción realista acerca del ser humano prescinde de lo divino para poner sobre sus hombros la responsabilidad de la construcción de su propio futuro. O sea, la libertad es una cosa de las personas, por lo tanto, la doctrina liberal es contraria a las utopías, por eso basa sus ideas en un planteamiento eminentemente humanista que convierte al hombre en el creador de su historia en contraposición a las visiones que lo sitúan al margen de ella. Esta idea refleja una confianza genuina en el ser humano, una confianza que no es etérea sino comprobable con el progreso vertiginoso que ha alcanzado la humanidad gracias a su capacidad para inventar nuevas respuestas a nuevos desafíos y a su voluntad para asociarse y trabajar junto a otros en la consecución de fines comunes libremente acordados, algo que es imposible allí donde hay una respuesta para todo, igualmente válida y aplicable para todos los tiempos y todos los lugares por una autoridad externa.


En este sentido, no solo no hay una respuesta única y válida para todo, de lo cual se deduce que hay múltiples y muy variadas interpretaciones acerca de lo que se considera verdadero, sino que encima es posible que me encuentre en el error mientras el otro está en el acierto. Esta es una conclusión importante: al no tener la verdad absoluta en mis manos, resulta, ¡oh, sorpresa!, que puedo equivocarme. Tener esto en mente contribuye a disminuir mi resistencia frente la crítica y me empuja a ser más tolerante (el límite frente a la intolerancia es otra discusión).


Precisamente porque buscamos la convivencia haciéndonos tolerantes y asumiendo que es perfectamente natural que me equivoque como persona imperfecta que soy, y como la política la hacemos los ciudadanos que acertamos y erramos, los liberales propugnan un orden político que favorezca la convivencia y que además reduzca al mínimo las consecuencias de mis errores respecto de los demás, poniendo coto, por un lado, a todo lo negativo que hay en nosotros protegiendo nuestra libertad frente a los excesos del poder e incentivando, por el otro, las bondades y potencialidades de las personas expandiendo con ello el ámbito de nuestras libertades que finalmente son una sola. Esto último, por cierto, es objeto de una intensa discusión, por lo cual aclaro que se trata de mi concepción (que naturalmente no es solo mía ni soy ningún pionero) acerca de la idea liberal, que no se agota en la libertad negativa sino que además se inclina al concepto de libertad positiva, siguiendo al politólogo y filósofo Isaiah Berlín.


Como último elemento a destacar dentro de este brevísimo compendio de ideas que hacen atractiva a la doctrina liberal, al menos en lo que a mí respecta, tenemos este planteamiento sobre la libertad como una sola. Para mí es un punto muy actual pues en muchos lugares observamos cómo se pretende trocear la libertad, picarla en pedacitos que posteriormente se nos suministrará a las personas por dosis. Sobre esto insiste mucho el Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, cuando habla de la libertad como integralidad conquistada por trocitos a través de la historia pero que hoy se ha engranado en una sola pieza.  Aquí el escritor argentino José Benegas ha hecho un aporte, quizá sin concebirlo como tal, cuando habla de la libertad expandiéndose a lo largo del tiempo y encontrando en cada época nuevas fronteras qué cruzar, como el tiempo presente en el cual nos topamos con nuevas barreras que tendremos que superar y seguro estoy de que lo haremos.


«La historia no tiene ningún sentido (…) pero de esa afirmación no se sigue que nosotros no podamos hacer nada, que tengamos que aceptar la historia del poder político o que estemos obligados a considerarla como una broma cruel (…). Podemos interpretar la historia de la política de poder desde el punto de vista de nuestra lucha por la sociedad abierta, por el dominio de la razón y del derecho, por la justicia, la libertad, la igualdad y por la abolición de la guerra. A pesar de que la historia no tiene ninguna finalidad última, podemos imponerle, no obstante, nuestros fines; y aunque no tiene ningún sentido, podemos otorgarle nosotros un sentido» (La sociedad abierta y sus enemigos, Karl Popper)

Hasta aquí hemos hecho algunos comentarios acerca de lo que hace útil al liberalismo. Me parece que la potencialidad de estas ideas no está en su capacidad para soñar lo imposible sino en su utilidad. 


Al margen de la valoración moral, quizá el mayor atractivo de las ideas liberales es que pueden ser útiles para que cada persona pueda alcanzar sus fines y desarrollar su propio plan de vida. Estos planteamientos no siempre han sido entendidos de esa forma y muchas veces han estado en desventaja frente a la magia de las utopías, pero no tiene que ser así. No siempre debe ser así.


Esto es lo que creo, estas son mis circunstancias, estas mis convicciones.




Jesús Sifontes C.

Licenciado en Estudios Políticos, Universidad de Carabobo.

Director de Investigación e Incidencia del Centro Libre






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